Historias para seguir durmiendo

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No importa el tiempo que pase. Al final siempre me muero un poquito cada vez que te veo, oigo, huelo o rozo (hasta ahora, sólo he conseguido probarte en sueños).

Muero y vivo. Es curioso que se pueda vivir así, vivir muriéndote por alguien. Y no es figurado: de verdad que yo siento como si se me apagase una vela dentro cuando la certeza de no tenerte cruza por mi pecho como una exhalación. Y al mismo tiempo, cuando sueño inocente que por mirarte desde el otro lado de la mesa te tengo un poco, una especie de fuego me crece descontrolado en un lugar que es sólo para ti. Ya ni para mí.

Que es imposible, ya lo sé. Explícaselo tú a mi corazón. Que el tuyo late por otra, siente por otra y vive por otra mientras él se ríe en mi cara cuando le susurro que no, que no puede ser. Y cuando no se ríe, se tapa los oídos o me dice que no me escucha nada porque tengo puesto demasiado alto “One Love”.  Y luego, a veces, simplemente me contesta descarado que sí, que tú y yo, a lo mejor, quizás, seguramente sí.

Mi corazón me cuenta que, quién sabe, puede que un día al fin notes el temblor de mis dedos tras un roce imposible. Y buscarás la respuesta en mis ojos antes de que la pregunta bordee tus labios. Verás en mi mirada lo que yo veo en la tuya: un pozo infinito que acaricia, que derrocha, que se desborda y es bálsamo y puñal al mismo tiempo. Que me engancha a la vida sólo por tener la oportunidad de volverla a ver una vez más, aunque sea dentro de cien años.

Continúa, mi cabezota corazón, con que entonces, sin poder elegirlo (como yo no elegí ansiarte así) me cogerás la cara trémula y me plantaras un beso que milagrosamente será nuevo para mí, aunque ya le haya dado vida en mi imaginación tantas, tantas veces antes. Y así, simplemente, me querrás y ya.

Fácil, muy fácil.

¿Lo ves?

Vivo muriendo entre las mentiras que me cuenta. Mentiras como que podría ser que fuera. Como que quizás no seas todo lo feliz que te mereces con ella, no tanto como yo haría que fueras. Sueño y me miento imaginando que ese día no ibas acompañado y que a mi corazón no lo atropelló un autobús de celos, los celos más idiotas que nadie sintió nunca.

¿Celos de qué? Si no tengo nada tuyo, ¿quién me puede quitar qué?

Las mil versiones de tu cara a diez centímetros de mí, por ejemplo. El recuerdo de tu sonrisa, que se me pega igual que los primeros acordes de esa canción que es nuestra aunque tú no lo sepas, la misma que suena cuando el móvil me avisa de que ya puede salir el sol.

O tu manera de estar, de ayudarme sin querer, sólo existiendo, estando. Respirando.

Alguien podría robarme todo eso. ¿Y qué haría entonces? Peor aún. ¿Qué hago si el tiempo no me roba el amor? ¿Dónde me lo meto? ¿Cómo olvido a tus ojos sonriendo y a tu boca mirándome fijamente?

Preguntas sin resolver. Respuestas perdidas en el limbo de lo imposible. Quizá es por eso por lo que mi corazón se apiada de mí y me cuenta historias para no dormir seguir durmiendo. Y así, algún día, despertar y que la imagen de la curva de tus pestañas me siga pareciendo lo más bello que vi en la vida. Pero que no duela. Que ya nunca más duela.

Te amo con un cuerpo que no piensa

Con un corazón que no razona

Con una cabeza que no coordina

Te amo incomprensiblemente

(Pablo Neruda)

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Rescatando sonrisas

rescatando-sonrisasEn la vida existen personas que están predestinadas. “Pre”, porque la decisión de que sus caminos se crucen fue tomada antes de que todo empezara. Nosotros estábamos predestinados, eso lo supe pronto, pero no estamos hechos para estar juntos, eso lo sé ahora. Puede parecer contradictorio, pero no lo es. Nos cruzamos para aprender pero, sobre todo, nos cruzamos para ser felices, aunque la felicidad nos durara un suspiro. Pero fue un suspiro, el nuestro, que bien merecería toda una vida respirando de un aire viciado.

Llegaste a mi vida como una ráfaga silenciosa. No sé si reconocí tu tacto al instante, fue todo rápido y lento al mismo tiempo, y cuando quise darme cuenta, tus “buenos días” y “buenas noches” ya me habían tomado la medida. Ya no quería renunciar a vivir sin esa sensación de cálido fuego que traía consigo cada uno de tus intentos por rescatarme una sonrisa. Se hubieran perdido tantas sin ti… Las cogiste al vuelo, una a una, y las pusiste a salvo en tu corazón. Me pregunto si todavía siguen allí.

Te quería. Te quie… Bueno, lo importante es que entonces te quería. Lo supe la primera vez que me sentí libre pensando en ti. Y eso que si alguien me hubiera preguntado antes de conocerte si yo me consideraba una mujer libre, le hubiera dicho que sí. Casada, con una hija, pero libre, sí. Libre para decidir, para hacer y deshacer, libre para… ¿Libre? Resulta que la libertad la encontré en mi hogar, que resultó no ser mi casa, en mi ciudad. Mi hogar estaba a cientos de quilómetros de mi posición. Mi hogar era yo, contigo.

Y fue así como ignoré a la culpa, como esquivé al dolor y como me arrojé sin remordimientos a una dimensión paralela en la que todo era fácil. Todo estaba bien. Mi amor desalojó de una patada a la razón y en su sitio escribió un “Carpe Diem” más grande que cualquier “pero”. Aprovechamos cada rayo de sol y de luna, cada momento lejos de todo. Fuimos auténticos y fuimos fuego. Eddie Vedder nos cantó al oído y nos acompasó el tiempo con su guitarra. Y con su banda sonora, fuimos un alma y, a veces, dos cuerpos.

Pero las estaciones volaron y ya no pudimos seguir deteniendo el tiempo. Ya no volvimos a ser los mismos. Mi otra casa, la que tenía paredes y felpudo, me esperaba. Lo nuestro, que nunca tuvo ni muros, ni tejado, ni suelo, siguió existiendo y, contra todo pronóstico, se hizo todavía más sólido e intangible. Volvió tu mantra de los buenos días, de las buenas noches, de los felices cumpleaños. Era hipnótico y me rescataba de todo y de todos.

Por aquel entonces yo ya imaginaba mi amor como una planta descontrolada que había devorado su propio tiesto, y sin tiesto, mis raíces eran libres para echar a andar. Lo hice. Te seguí y no me equivoqué, aunque tus dos pasos atrás me secaran un trozo de corazón. El resto seguía intacto, por eso fue fácil, hasta natural, seguir reencontrándonos en cada bucle, en cada espiral de nuestra retorcida historia.

Confieso que a veces creí que las curvas entre nosotros nunca acabarían, y confieso también que no era una idea feliz ni tampoco triste. Pero hasta lo retorcido tiene un final, y el nuestro es este instante. No el de aquella última noche, ni el de las mil preguntas que te hice sin que ninguna de tus respuestas me valiese, no el del abrazo eterno en la estación después de leer tu carta de “sí, pero no”.

El final soy yo, aquí, aprendiendo a no quererte. Haciendo de lo antinatural una rutina que me salve. Rescatando para mí todas las sonrisas que a veces todavía te buscan.

Para siempre feliz

para-siempre-felizEs sorprendente e incluso inquietante cómo la primera vez que te vi eras sólo alguien y cómo ahora lo eres todo. Y créeme, no es nada fácil dejarlo todo atrás. Créeme cuando te digo que ni siquiera sé cómo voy a hacerlo. Supongo que ese día, el día en que leas esto, me limitaré a hacer lo que llevo haciendo los últimos siete años. Pondré un pie detrás de otro y esperaré que, esta vez sí, el camino me llevé lejos de ti en todos los sentidos. Lejos de mi reflejo en tus ojos color miel. Lejos del temblor que me sacude cada vez que me tocas. Lejos de saberte compartido, a pesar de que en todo este tiempo siempre me hayas hecho sentir única.

Cuando llegue el día de cerrar por fin nuestra puerta, tranquilo, que no haré ruido. Tuve el mejor maestro durante aquellas largas noches que empezaban siendo de dos y terminaban siendo de una sola, ¿recuerdas? Me iré sin ruido, sin dramas, sin despedidas. Me iré sin obligarte a decir “quédate”. Y sí, sé que moriré una última vez la última vez que fabriquemos amor en nuestra cama. Y no, sé que esta vez no podré confiar en volver a verte para resucitar. No te diré adiós y no te quedará mi amor porque, lo sé, él querrá venirse conmigo. Pero, ¿sabes que es lo mejor? Que ya no tendrás que ser más el cobarde ni el indeciso. Tú no tendrás que ser más el malo ni yo la otra. No volveremos a vestirnos con esos pesados trajes que hacíamos desaparecer con sólo mirarnos.

Ahora la cobarde soy yo. No me arriesgo a que me dejes marchar, así que me marcharé sin avisar. Por favor, no me guardes rencor, tú tampoco me advertiste de que me ibas a robar el corazón como lo hiciste, salvaje y premeditadamente. No tuve defensa y lo sabes. Ahora, espero que comprendas que, después de todo, ya no puedo permitirme seguir quemándome en la hoguera cada vez que cruza mi mente la sombra de la duda e imagino que no es cierto que mi piel sea la única que erizas con tus besos.

No te dejo mi amor pero te dejo nuestro sueño, las sábanas deshechas y la huella de mis dedos en tu carne. Te dejo toda mi lencería blanca, pero me llevo tu camisa, la que menos usabas, la que a veces no te dabas cuenta de que faltaba de tu cajón. Te juro que no era cosa mía llevármela, siempre era tu olor el que quería venirse conmigo. A él le debes que siguiera siendo tuya cada vez que los fantasmas acechaban y me susurraban miedo al oído. Miedo a perderte, miedo a perderme. A no comprenderme, a no perdonarme.

Y es así, mientras sobrevuele las nubes de nuestra ciudad y tú estés durmiendo sólo o con ella -ya dará igual-, sé que pensaré en ti cantando en el coche. En ti sumergiéndome en puro amor. En ti elevándome a un cielo que no sé si volveré a alcanzar. En ti y en que yo lo hubiera dado todo porque todos tus pijamas estuviesen en mi cajón. En ti y en que me estaré yendo porque si hubiera decidido quedarme, hubiese sido para siempre.

Pero, una vez más, tranquilo, para entonces ese “para siempre” ya no será nuestro, sólo mío. Y pelearé por él, sé que lo haré. Pelearé por ser, aun sin ti, para siempre feliz.