Dos ríos

30 de diciembre. Me besas, te beso y me quedo pensando… que en buen lío me he metido. Tu boca sabe a un sueño cumplido, uno que ni siquiera había soñado antes. Finjo que todavía no sé si llamarlo amor, pero en realidad, lo sé, el amor es lo que sucede cuando dos ríos se juntan.

Cuando se juntan dos ríos se hace fuerte la corriente. Lo dice Maldita Nerea y lo digo yo. Después de este beso ya no hay nada mío (sólo mío), ni nada tuyo (sólo tuyo). Como el agua cuando se mezcla, no hay manera de saber qué gotas son de quién. Somos y ya está. Vamos (en la misma dirección) y ya está.

30 + 1. Ayer dijiste que te ibas y hoy mi resaca no puede ser más agridulce. Quiero exprimir las horas y tu piel, quiero atrasar relojes y aplazar miedos. Quiero decirte que te vayas feliz, que sueñes y vueles alto, sin que me duela nada en el pecho.

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Enero. Febrero. Un poco de marzo. Días y noches. El caudal del río crece. El amor y la música, también. Porque no sé de dónde has salido, toda una vida sin verte. Seguimos fabricando una red de recuerdos que nos salve de la caída cuando ya no podamos probarnos los labios cada día. Y a pesar de todo, estoy aprendiendo a creer cada día un poco más. Creo en todo lo que no veo: en el futuro a tu lado, en tu sonrisa de agosto, en un final feliz. Creo en que la felicidad se ha cansado de darme la espalda. Creo en que tú la has rescatado para mí. Creo en tu sonrisa por encima de todas las cosas.

17 de marzo. Te acabas de ir, y aún no tengo ni idea de lo que la distancia es capaz de hacerme. Dentro de mí algo llora y algo ríe. Siento que te tengo un poco menos, pero sé que te tienes un poco más. A veces, hasta soy capaz de sonreír imaginando que te coso unas alas para que vueles todo lo lejos que te haga falta para ser feliz. Tus pasos son mis pasos. Todo lo que conquistes, lo habré conquistado yo también.

Abril trae el cambio a la ciudad, que nunca me pareció tan apagada en primavera. Las flores están en blanco y negro, y yo las pinto de colores sacándole punta a cada una de tus frases, a las fotos que me mandas y a cada pequeña variación en tu tono de voz. Las farolas bailan sevillanas cuando te escucho al otro lado del teléfono, pero el asfalto deja de ser hierba cuando cuelgas y te pierdo hasta otro rato. Pero yo no dejo de soñar, porque cuando se juntan dos ríos…

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Inglaterra. Siete días. Cielos plomizos y fuego bajo las sábanas. No es ni medianamente raro volver a rozarte. Me llamas “bruja” y otras tantas cosas más y yo… yo me deshago lentamente con cada mirada, con cada latido, con cada pestaña a contraluz. No sé qué tienes, pero a tu lado siento que hace sol todos los días. Y es que el sol lo tengo dentro. Lo perseguí hasta el Guadalquivir, donde me esperabas tú, y ahora los dos me alumbráis allá donde vaya.

Julio arde, y con él mis ganas de verte otra vez. De volver a despertar contigo y a olvidarme de desayunar. Floto un poco cuando rememoro nuestra semana feliz, y vuelvo al suelo cuando la ola de calor me recuerda que falta demasiado para el invierno. Exactamente aquí, entre el suelo y el cielo, te espero y me desespero. Exactamente aquí, y no allí, sigo creyendo que tu sonrisa es la solución a todos los enigmas.

Te espero. Pienso en ti y en antes de septiembre, cuando éramos solo dos ríos separados. Menos mal que las leyes naturales están de nuestra parte y que tuvimos que encontrarnos de camino al mar. Desde entonces, el horizonte es nuestro. El futuro, más.

Te espero aquí, con tu sol en el alma y tu huella en el cuerpo.

Parte y todo

11801903_10153059861918543_804226704_nPodría explicarte lo que se siente estando sola pero sin estarlo. Contarte cómo luché contra la decepción a base de consagrar pequeñísimos momentos. Podría alardear de cómo aguanté lo inaguantable y gritarte que si lo hice, fue sólo porque yo contigo lo quería todo.

Todo, todo, todo, todo. Cada vez que Leiva me lo cantaba al oído, yo asentía embobada. Era una palabra, cuatro letras, pero significaba mucho más que cualquier cosa que pudiera decirte y, por supuesto, significaba mucho más que tus silencios asesinos, que me apagaban la luz y me desteñían las pupilas. Pero no sabes cómo ni cuánto.

Podría intentarlo, hablarte de todo aquello que yo viví mientras tú, al otro lado de tu coraza de cristal, seguías poniendo al pasado como excusa para dolerme sin que, aparentemente, estuvieses haciendo nada para herirme. Pero dolía, vaya sí dolía. Y me heriste, claro que me heriste.

¿Lo peor? Que durante mucho tiempo las heridas no me importaron tanto como tú, y yo, todavía menos. Me importaba más mirar y verte, tener tu sonrisa de vuelta, un atisbo de algo parecido al amor en una de tus caricias preparadas… Pero sobre todo, me importaba demostrarte que podías quererme, podíamos ser felices, podías dejar de tener miedo aunque yo lo tuviera a cada paso. Sólo tenías que verme como yo te veía. Sólo tenía que esperar un poco, sólo un poco más…

Y así viví, desesperándome y fijándome sólo en las partes. Rehuyendo mirar el todo porque, de haberlo hecho, tendría que haber borrado para siempre esa canción de Pereza. Así vivía, encendiendo luces donde en tu alma estaba oscuro. Aceptando las normas no escritas de nuestro medio “nosotros”. Recelando de tu imagen, que parecía ir a esfumarse cada vez que me daba la vuelta.

Al final, la que me esfumé fui yo. Fue una huida hacia delante que, sinceramente, todavía me mantiene un poco más atrás de lo que me gustaría. Los recuerdos están frescos tanto tiempo después, y si me acerco mucho a ellos, me manchan de rabia y pena. Pensar en todo lo que teníamos me recuerda a la nada, así que he cambiado de banda sonora y ahora es Adele quien me canta cuando el pasado aprieta.

Y ya ves, que aun con todo y después de nada, no me importa seguir dándote más respuestas de las que me debes. Ya no me culpo por quererte aunque sueñe con dejar de hacerlo. Ya no soy culpable de nada de lo que hiciste o no hiciste, ni de todo lo que pensaste y no hablaste.

Porque el enigma, ahora lo sé, no fue nuestro amor, sino tú. Te ocultaste desde la primera vez que te besé y hasta la última vez que nos vimos. ¿Te acuerdas? La música estaba alta, menos mal, así no tuviste que decir nada ni yo tuve que enfadarme porque no lo hicieras. Cuando me iba, me contaron que algo distinto encendió tus ojos al reconocer mi cara entre otras caras que nunca hablaron de ti, nunca suspiraron por ti, nunca se mojaron por ti. ¿Te dijeron a ti que tu olor me revolvió la vida cuando me acerqué a saludar? 

Imposible saberlo. Imposible averiguar qué sentiste y cómo lo hiciste. Qué era verdadero y qué impostado en todo el tiempo que gastamos juntos. Imposible estar en paz buscando respuestas a preguntas que no hice.

Mejor refugiarme en lo que sí sé. Que quererte me apartó de mí y todavía me estoy buscando (pero que el que busca, encuentra). Que olvidarte no me suena a quimera cuando recuerdo que, a pesar de todo, tú sólo eres fuiste una parte de mi todo.

Amor suspensivo

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Siempre nos costaron los finales cerrados, esa es la verdad. Por más que lo intentamos, desde aquella primera oportunidad cada punto y aparte que tocaba poner se nos ha escapado entre los dedos. Y así hemos vivido, uniéndolos todos en grupos de tres en tres, tirando de “continuarás” y abrazando la incerteza a regañadientes.

Lo sé. Sé que te hubiera gustado que todo fuera más fácil, quererme y ya está. Verme y no ver a nadie más. Yo en primer plano y lo demás desenfocado. A ti te hubiera gustado, y a mí… bueno, a mí me hubiera ahorrado unas cuantas noches sin respirar.

No sé si tú has tenido alguna de esas. Corrijo. No sé si has tenido alguna vez una de esas noches por mí. No me gustaría, te lo prometo. Me angustia sólo pensar en poder haberte causado un dolor tan absurdo e importante como el que tú (o tus dudas, o ese “nuestro” que siempre estuvo salpicado por lo “vuestro”) me causaste. Y aun así, te he tenido y me has faltado tanto en todo este tiempo, que mentiría si te dijera que provocarte sentimientos ya no me importa.

Me importa. Aunque ahora ya sólo nos quede el tibio cariño, los recuerdos ardientes, la fría serenidad de cuando la tormenta ya pasó. Me importa incluso aunque lo único que realmente nos queda es fingir que sólo nos queda eso.

Te protegí. No sé si lo sabes pero es lo que hacía todo el tiempo. Protegerte de ti mismo, ahorrarte sinsabores, tragarme las lágrimas y demostrarte que, sin ellas, tú jamás podrías ser el malo de nuestra película. Sin pruebas no hay delito, dicen. Pero es que aunque te las ocultara, aunque luchara contra cada punzada de celos, aunque fingiera que yo me importaba más que tú, las pruebas de que te quise con todo mi cuerpo y mi mente son, para bien o para mal, imborrables.

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Están ahí, en ese parque con vistas a Madrid en el que nos dimos nuestro beso más salado bajo la luz naranja de una farola triste (no tan triste como tú aquel día). Están en cada nota de “Always”, en cada susurro de Andrés Suárez, en cada “Pero a tu lado”. En el recuerdo invisible de aquel “te quiero” transoceánico. En una ciudad del norte que empieza por “S”. En mi propio cuerpo, ese sobre el que una vez, tan sólo una, derramaste puro amor sin dudas.

Están fuera y están dentro. Las pruebas más evidentes las tengo aquí en el pecho. La prueba más evidente soy yo. He cambiado. ¿Para mejor? Para estar bien. Cuando sientes que el dolor te devora de dentro afuera, rápidamente lento, no te queda otra opción que cerrar puertas. Por eso me tocó separar uno a uno todos nuestros puntos suspensivos e ingeniármelas para enterrar, que no olvidar, que un día hace poco, tan poco que no me lo creo, estábamos robándonos besos en un ascensor. Para no pensar en que, si giro la cabeza, todavía te veo desafinando en mi coche. Y tampoco en que el tiempo es injusto y el destino más.

Porque, ¿qué hubiera pasado si tú y yo…? ¿En otro lugar? ¿En otras circunstancias? ¿Existen los momentos equivocados o somos las personas las que metemos la pata y arruinamos los momentos? No lo sé, de verdad que no lo sé. Pero yo, si en algo me equivoqué, fue en no decirte que el amor me ametralló mucho antes de que te lo confesara. Y en callarme tanto. Y en pensar que qué tenía ella que yo no, que qué me faltaba a mí para que dieras un golpe en la mesa y lo mandaras todo a la mierda. Y a ella, también.

Me equivocaba (o no) cada vez que te ayudaba a cerrar otro círculo vicioso. Pero, lo juro, por más veces que lo ensayara frente al espejo, me era físicamente imposible decirte que no. Por más que el dolor se me revolviera en la pena, no podía. Es que no podía.

Pero, sobre todo, me equivoqué al creer que el amor más verdadero es el que más duele y ahora, enmiendo todo ese dolor malgastado convenciéndome de que no lo malgasté. Y de que no me arrepiento de habértelo dado todo aunque tú sólo me dieras una parte. Porque ahora sé, tanto como supe que se me había roto algo cuando te vi irte con ella aquel día, que los mejores amores nunca son suspensivos. Que después de ti -ya me está esperando- viene un perfecto punto y seguido.

Historias para seguir durmiendo

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No importa el tiempo que pase. Al final siempre me muero un poquito cada vez que te veo, oigo, huelo o rozo (hasta ahora, sólo he conseguido probarte en sueños).

Muero y vivo. Es curioso que se pueda vivir así, vivir muriéndote por alguien. Y no es figurado: de verdad que yo siento como si se me apagase una vela dentro cuando la certeza de no tenerte cruza por mi pecho como una exhalación. Y al mismo tiempo, cuando sueño inocente que por mirarte desde el otro lado de la mesa te tengo un poco, una especie de fuego me crece descontrolado en un lugar que es sólo para ti. Ya ni para mí.

Que es imposible, ya lo sé. Explícaselo tú a mi corazón. Que el tuyo late por otra, siente por otra y vive por otra mientras él se ríe en mi cara cuando le susurro que no, que no puede ser. Y cuando no se ríe, se tapa los oídos o me dice que no me escucha nada porque tengo puesto demasiado alto “One Love”.  Y luego, a veces, simplemente me contesta descarado que sí, que tú y yo, a lo mejor, quizás, seguramente sí.

Mi corazón me cuenta que, quién sabe, puede que un día al fin notes el temblor de mis dedos tras un roce imposible. Y buscarás la respuesta en mis ojos antes de que la pregunta bordee tus labios. Verás en mi mirada lo que yo veo en la tuya: un pozo infinito que acaricia, que derrocha, que se desborda y es bálsamo y puñal al mismo tiempo. Que me engancha a la vida sólo por tener la oportunidad de volverla a ver una vez más, aunque sea dentro de cien años.

Continúa, mi cabezota corazón, con que entonces, sin poder elegirlo (como yo no elegí ansiarte así) me cogerás la cara trémula y me plantaras un beso que milagrosamente será nuevo para mí, aunque ya le haya dado vida en mi imaginación tantas, tantas veces antes. Y así, simplemente, me querrás y ya.

Fácil, muy fácil.

¿Lo ves?

Vivo muriendo entre las mentiras que me cuenta. Mentiras como que podría ser que fuera. Como que quizás no seas todo lo feliz que te mereces con ella, no tanto como yo haría que fueras. Sueño y me miento imaginando que ese día no ibas acompañado y que a mi corazón no lo atropelló un autobús de celos, los celos más idiotas que nadie sintió nunca.

¿Celos de qué? Si no tengo nada tuyo, ¿quién me puede quitar qué?

Las mil versiones de tu cara a diez centímetros de mí, por ejemplo. El recuerdo de tu sonrisa, que se me pega igual que los primeros acordes de esa canción que es nuestra aunque tú no lo sepas, la misma que suena cuando el móvil me avisa de que ya puede salir el sol.

O tu manera de estar, de ayudarme sin querer, sólo existiendo, estando. Respirando.

Alguien podría robarme todo eso. ¿Y qué haría entonces? Peor aún. ¿Qué hago si el tiempo no me roba el amor? ¿Dónde me lo meto? ¿Cómo olvido a tus ojos sonriendo y a tu boca mirándome fijamente?

Preguntas sin resolver. Respuestas perdidas en el limbo de lo imposible. Quizá es por eso por lo que mi corazón se apiada de mí y me cuenta historias para no dormir seguir durmiendo. Y así, algún día, despertar y que la imagen de la curva de tus pestañas me siga pareciendo lo más bello que vi en la vida. Pero que no duela. Que ya nunca más duela.

Te amo con un cuerpo que no piensa

Con un corazón que no razona

Con una cabeza que no coordina

Te amo incomprensiblemente

(Pablo Neruda)

Polos Fundidos

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Dicen por ahí que, en el amor, cuanto más diferentes son dos personas, más cerca quieren estar. Que la cosa funcione ya es más complicado. Por eso todavía no me creo que siendo tan distintos nos mantengamos tan sólidos y mágicos. Y es que cuando nuestros polos opuestos decidieron buscarse, encontrarse y atraerse… acabaron irremediablemente fundidos.

Yo de Venus y tú de Marte, como se suele decir. Tú a veces volcán y con suerte playa. Yo tu mar en calma y a veces tu lava. Y aun así resulta fácil encajar contigo, meterme en tu mente y saber que lo único que necesita tu mirada triste es un abrazo. Algunos dicen que tenemos suerte, pero a mí todo lo nuestro de verdad que no me parece cuestión de azar.

El azar podría haber hecho que nos enamoráramos con 13 años, cuando todavía teníamos todo por hacer y éramos solo dos niños que no habían dejado de jugar, aunque fuera jugar a vivir. Entonces, quizás, la casualidad hubiera hecho que rompiéramos con 15 para volvernos a encontrar con 17. Quizás tú me hubieras dejado por alguna de mis amigas (todas estábamos locas por ti) o yo hubiese salido corriendo al escuchar tus primeras notas discordantes.

Pero la suerte no tenía nada que hacer en nuestra historia. El destino se le adelantó cuando, a saber cuándo, planeó cruzarnos en el momento exacto, en el lugar idóneo. Claro que eso también podría haber sido casualidad. ¿Casualmente me buscaste un día cualquiera o ese día ya estaba marcado en rojo en algún calendario invisible y no inventado? Quién sabe… y quién necesita saber.

A mí me basta con que pasara, con que aquel día fuera el día, y no el de antes ni el de después. Porque esa noche tardé en contestar, pero cuando lo hice todavía estabas en línea. Porque esa madrugada se nos hizo día y, en lo sucesivo, las semanas volaron, las conversaciones se estiraron y tu “¿Qué tal la tarde, rubia?” quedó patentado como saludo oficial.

Porque no dejo de pensar que si hubieras decidido hablarme con el corazón aún herido por cualquier otra flecha, a lo mejor no hubieras sido tan auténtico y a lo mejor yo no me hubiera asustado de que fuéramos tan diferentes. Y entonces no me hubiera tentado ningún “¿y si?”, y no me hubiera arriesgado a darnos una oportunidad porque la ausencia de riesgo hubiera sido demasiado aburrida.

Pero, por suerte (o por destino), ese susto, esas dudas y ese miedo a no ser uno, me empujaron a mirarme con ojos nuevos en tu mirada marrón y a entender que, a pesar de nuestras mil diferencias, había algo común entre los dos, algo poderoso y que crecía a cada instante: el sentimiento de haber encontrado a alguien por el que abandonar todas las excusas que tan acertadamente cerraron otras puertas antes.

Ahora que comprendo eso y te comprendo a ti, y que los días pasan cada vez más lentos cuando no estás, me siento más llena que nunca. Repleta, sobre todo, cuando recuerdo ese primer beso, tardío pero más verdadero imposible. Lleno de mariposas y asesino de todas mis ideas platónicas.

Y es que si yo me embravezco, tú me navegas. Y es que cuando tú escupes fuego, yo te apago con una mansa ola de besos. Así que, por favor, vamos a seguir pasando de la suerte, confiando en caminos y uniendo vidas. Respirando lentamente la mejor sensación del mundo: esa de cuando dos polos se funden en el mismo trozo de algo.

Culpable de su felicidad

f044da3cb0ffca959d5d1b25a9d3778aAdolescencia efervescente. 15 años de ilusión acumulada por ser mayor, por probar el amor, por besar como en las películas. Ahí estaba ella, con sus mejores vaqueros y maquillada como un lienzo. Valiente y asustada al mismo tiempo, lista para el siguiente paso en su vida. Bachiller. Un lugar diferente. Personas nuevas. Un mundo de posibilidades desconocidas que pronto pasaron a no tener importancia, porque pronto, muy pronto, toda la importancia se concentró en un chico de pelo rubio y tipo desgarbado que en apariencia no tenía nada, pero bajo su misteriosa mirada parecía esconder algo muy valioso.

Rosa estaba preparada para entregarse al amor sin ninguna reserva, sin hacerse preguntas, exactamente como debería ser durante todas las etapas de la vida. Su corazón casi por estrenar latía cada vez más rápido al verle por los pasillos de aquel instituto que parecía más bonito sólo por contenerle a él. Estaba claro, Mario le gustaba, y como si esa atracción que sentía fuese una farola en plena noche y él una polilla desorientada, pronto se hicieron inseparables, sin poder parar de hablar y de conocerse a golpe de tecla y de miradas furtivas que se alargaban cada vez más, y más, y más…

Aquel día tocaba informática y él le había pedido que se sentaran juntos. Iluminados por una pantalla de ordenador prehistórica, batieron el récord de minutos sosteniéndose las pupilas y las almas. Era como si pretendieran darse algo, o dárselo todo, y todavía no supieran cómo.

Más tarde, a Rosa se le ocurrió una buena manera de hacerlo. En realidad fue idea de Mario, y ella no pudo ni quiso negarse. Había un concurso de poesía. “Se te da genial escribir. ¿Por qué no te presentas?” Lo hizo. Ganó. Ganó ella, pero también ganó él. Ganó la fuerza que creaban al no tocarse aun muriéndose por hacerlo. Esa fuerza inspiró sus versos, los primeros de muchos. La misma fuerza que explotó cuando, por primera vez, se abrazaron para celebrar su triunfo. “Y todo gracias a ti”, pensaba ella embelesada al observarlo, unas veces furtivamente, y otras con el mayor descaro del mundo.

Fue aquel día, sentados en el césped del parque, rodeados de gente pero a solas en cuerpo y alma, cuando Mario lo tuvo claro. “Esta sensación extraña, que se adueña de mi cara, juega con esta sonrisa dibujándola a sus anchas”. La música habló, pero él no dijo nada, y Rosa, por supuesto tampoco. Era un primer amor, y ya se sabe que los primeros amores son maravillosamente lentos, se viven a trompicones y se disfrutan a fuego lento.

Siguieron las miradas tan intensas que casi se podían coger con las manos. Se aventuraron las primeras manos rozándose bajo los pupitres. Y así, descubriendo el amor que Rosa tanto había ansiado, llegó el verano y las despedidas. De repente, la lentitud le parecía absurda. Quería correr con el tiempo y no parar hasta septiembre. Pero el tiempo, como siempre sucede, tenía otros planes. Pasó al ritmo adecuado para que él se fijara en otra persona. Otra chica que, y de eso Rosa estaba segura, no podía quererle como ella. Sus miradas serían de mentira, o al menos no tan de verdad como las suyas.

Cuando por fin acabó agosto y comenzó el nuevo curso, estaba tan nerviosa que apenas podía respirar. El esperado encuentro, que había recreado en su cabeza infinitas veces, se produjo en un bar en el que el dueño había decidido colgar un espejo en una de las paredes. Y a su reflejo, que le devolvió la imagen de Mario mirándola con el mismo amor de antes desde otra de las mesas del local, le debieron los dos lo que sucedió a continuación. “¿Eres feliz?”. La respuesta era evidente. El reto era intentar cambiarla. Tocaba enseñar las cartas, y Rosa fue la primera valiente en hacerlo.

“Estoy completa e irremediablemente enamorada de ti”, le dijo aquel día en el pasillo mientras le devolvía un boli. Le resultó curioso el miedo que le había dado confesar sus sentimientos hasta ese momento, y lo libre y feliz que se sintió al escupirlo con tanto amor como le cabía en la garganta. Más felicidad aún sintió cuando él le respondió: “Y yo de ti”. Sólo les faltó un beso, su primer beso, que esperaba encallado desde hacía demasiado. Aquel día tan sólo sobrevoló sus labios separados. Tuvo que esperar todavía un poco más.

Era una hora libre, hablaban de todo menos de lo importante, y en ese preciso instante, Rosa no pudo retener su beso más. Lo acorraló contra la pared y le dio la vida con la boca. Se cogieron las caras, sujetándose para no perderse, bebiéndose mutuamente el aire. Celebraron su amor a la tenue luz de octubre.

Lo que siguió fue tan bonito que no parecía real. Encuentros ansiados como el oxígeno entre clase y clase. Besos furtivos. Promesas, muchas promesas. Promesas que no pudieron cumplir, que se quedaron huérfanas al tiempo de nacer. Probablemente el problema no fue el amor, sino todo lo que no era amor.

Sus caminos se separaron mucho más fácilmente de lo que se unieron. Rosa supo que era culpa suya, y Mario, en alguna parte, también sintió que el culpable era él. Pero la culpa no fue de nadie, y eso ella tuvo que aprenderlo estando sola, recibiendo sus felicitaciones navideñas y de cumpleaños mientras las estaciones se sucedían y los octubres sangraban. Echando de menos echarle de más. Recordando, con el amor del primer beso intacto en su pecho, que por un tiempo, de lo único de lo que ella fue culpable fue de su felicidad.

 

Ese ‘no sé qué’

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Un mar de besos junto al río.

Aquella fiesta de estrellas que disfrutamos sobre el colchón en la terraza.

Kilómetros hechos milímetros sólo por alcanzarnos los alientos.

Un adiós salado y corto con lágrimas en los ojos y en los labios.

Si sólo me hubieras dejado eso, ya podría decir que mereció la pena descubrirte. Pero, y aquí es donde viene mi gran suerte, me dejaste mucho más. Me dejaste tanto que sigues dejándome sin palabras cada día.

Así precisamente, sin palabras, empezó todo. Cada uno a un lado del teléfono y sin saber muy bien qué decir. Claro que tampoco hacía falta decir nada. Siempre ha existido ese algo entre nosotros que habla por sí sólo, que dice verdades como puños, nos mata los miedos a susurros y canta de vida cuando hace falta.

Aquel verano nos lo pasamos cantando. Tú lo tenías más claro, a mí se me nublaba la vista por momentos. Hasta que un día, más por curiosidad que por necesidad, te miré como se debería mirar siempre, con el corazón en la mano y los ojos bien cerrados, y sentí que sí. Simplemente, que tú y yo sí.

Fundimos el mes. El sol empezó a irse mucho antes cada tarde y la canción se terminó, o al menos eso creímos. Nuestro “no sé qué” (ese que ahora ya sabemos qué) susurró más alto que nunca cuando nos despedimos entre los reflejos azules de las piscinas. Ese sentimiento sin nombre conocido había estado creciendo sin pausa y sin permiso desde que te plantaste en mi camino, así que supongo que, simplemente, no quería dejar de ser sin haber sido todavía. Ese “no sé qué” había hecho que te enamoraras de mí, y yo, lo hice contigo y de ti. Ya no había marcha atrás, ni excusas, ni dudas, ni carreteras ni motivos que pudieran torcernos. Nuestro “algo” estaba preparado para serlo todo.

Dos años después todavía nos queda tanto… Nos queda un poco para que nos quede todo. Mientras tanto, nos seguiremos encontrando en sueños en nuestro río, aunque sea enero, marzo o diciembre. Contaremos las mismas estrellas en colchones separados. Quemaremos desde lejos los últimos quilómetros para fundirnos antes de tocarnos. Y quizás soltaremos alguna que otra lágrima porque la cuenta atrás se nos hará hacia adelante algunos ratos.

Pero tranquilo, mi media mandarina, porque lo que de verdad nos queda todavía son tantos maratones de besos, tantas peleas por el mando de la tele y tantos “volver a sentir” al despertarnos juntos cada mañana… Porque ya sólo nos queda juntar tus gajos y los míos para dejar de ser dos mitades en la distancia y ser ya siempre la mandarina entera.

Más mío que de los dos

62343611fcf22ba8b92b358c82a277a3“¿Seguro que te vas?”

Todavía recuerdo el color exacto de tus ojos y el peculiar sabor de tu beso en mi boca mientras me hacías esa pregunta. Aunque sabía muy bien que quería responderla rotundamente agarrándome a tu cuello, aquel día me limité a marcharme por donde había venido. Cerebro 1-Corazón 0.

En realidad, no. En realidad el partido había empezado mucho antes y a esas alturas yo ya iba perdiendo por goleada. Empezó concretamente cuando entraste en aquel bar como si nada, como si no pretendieras absorberme el corazón con tu extraño magnetismo.

Tuve que seguirte y, no sé muy bien por qué, tú dejaste que fuera yo la que lo hiciera, y no otra. Compartimos noche y algún tipo de misteriosa fuerza que se fue haciendo más grande en los siguientes días. No sé, quizás fue todo cosa mía y mientras a mí me crecía el amor, a ti te crecía la desidia. Quizás tengas razón y todo lo nuestro pasó porque a mí me vino en gana.

¿Pero qué hay de ti? ¿De qué te escondes? ¿Qué habita tu pecho? No niegues que me deseas más allá de lo que se puede desear la carne. Tengo testigos: tu cuerpo y el mío. Toda mi alma y quizá un trozo de la tuya. Ellos siempre nos veían fundiéndonos a fuego lento justo un instante antes de que una tormenta de excusas lo apagara todo.

Luego llegó ese café, ¿te acuerdas?, que había empezado la noche antes y terminó la de después. Desde ese día fuimos inseparables, pero siempre que nuestras pieles no se rozaban, a ti se te metía un “no” entre ceja y ceja. Un “sí, pero no”, mejor dicho, que nos ha perseguido todo el tiempo.

Qué rabia me da. Que no tengas nada claro, que desaparezcas y no me veas. Que me mandes lejos a hacer mi vida. Que intentes decidir por mí y anticipes portazos que yo no quiero dar. Que digas que yo no soy tu tipo como si tú fueras el mío. Como si el amor tuviera tipo, o cuerpo, o forma alguna.

Más rabia aún siento cuando sé que yo te quiero. Que me siento a salvo cuando te huelo en la atmósfera del que fue nuestro refugio, ansiando tanto que aparezcas como que no vuelvas a hacerlo nunca más. Qué rabia cuando noto que entre mi estómago y el tuyo hay algo que une, que ata, que suma y nos mantiene cerca aunque estemos lejos. Qué rabia más grande cuando pienso que quizás, sólo quizás, todo lo que siento sea más mío que de los dos. 

Rescatando sonrisas

rescatando-sonrisasEn la vida existen personas que están predestinadas. “Pre”, porque la decisión de que sus caminos se crucen fue tomada antes de que todo empezara. Nosotros estábamos predestinados, eso lo supe pronto, pero no estamos hechos para estar juntos, eso lo sé ahora. Puede parecer contradictorio, pero no lo es. Nos cruzamos para aprender pero, sobre todo, nos cruzamos para ser felices, aunque la felicidad nos durara un suspiro. Pero fue un suspiro, el nuestro, que bien merecería toda una vida respirando de un aire viciado.

Llegaste a mi vida como una ráfaga silenciosa. No sé si reconocí tu tacto al instante, fue todo rápido y lento al mismo tiempo, y cuando quise darme cuenta, tus “buenos días” y “buenas noches” ya me habían tomado la medida. Ya no quería renunciar a vivir sin esa sensación de cálido fuego que traía consigo cada uno de tus intentos por rescatarme una sonrisa. Se hubieran perdido tantas sin ti… Las cogiste al vuelo, una a una, y las pusiste a salvo en tu corazón. Me pregunto si todavía siguen allí.

Te quería. Te quie… Bueno, lo importante es que entonces te quería. Lo supe la primera vez que me sentí libre pensando en ti. Y eso que si alguien me hubiera preguntado antes de conocerte si yo me consideraba una mujer libre, le hubiera dicho que sí. Casada, con una hija, pero libre, sí. Libre para decidir, para hacer y deshacer, libre para… ¿Libre? Resulta que la libertad la encontré en mi hogar, que resultó no ser mi casa, en mi ciudad. Mi hogar estaba a cientos de quilómetros de mi posición. Mi hogar era yo, contigo.

Y fue así como ignoré a la culpa, como esquivé al dolor y como me arrojé sin remordimientos a una dimensión paralela en la que todo era fácil. Todo estaba bien. Mi amor desalojó de una patada a la razón y en su sitio escribió un “Carpe Diem” más grande que cualquier “pero”. Aprovechamos cada rayo de sol y de luna, cada momento lejos de todo. Fuimos auténticos y fuimos fuego. Eddie Vedder nos cantó al oído y nos acompasó el tiempo con su guitarra. Y con su banda sonora, fuimos un alma y, a veces, dos cuerpos.

Pero las estaciones volaron y ya no pudimos seguir deteniendo el tiempo. Ya no volvimos a ser los mismos. Mi otra casa, la que tenía paredes y felpudo, me esperaba. Lo nuestro, que nunca tuvo ni muros, ni tejado, ni suelo, siguió existiendo y, contra todo pronóstico, se hizo todavía más sólido e intangible. Volvió tu mantra de los buenos días, de las buenas noches, de los felices cumpleaños. Era hipnótico y me rescataba de todo y de todos.

Por aquel entonces yo ya imaginaba mi amor como una planta descontrolada que había devorado su propio tiesto, y sin tiesto, mis raíces eran libres para echar a andar. Lo hice. Te seguí y no me equivoqué, aunque tus dos pasos atrás me secaran un trozo de corazón. El resto seguía intacto, por eso fue fácil, hasta natural, seguir reencontrándonos en cada bucle, en cada espiral de nuestra retorcida historia.

Confieso que a veces creí que las curvas entre nosotros nunca acabarían, y confieso también que no era una idea feliz ni tampoco triste. Pero hasta lo retorcido tiene un final, y el nuestro es este instante. No el de aquella última noche, ni el de las mil preguntas que te hice sin que ninguna de tus respuestas me valiese, no el del abrazo eterno en la estación después de leer tu carta de “sí, pero no”.

El final soy yo, aquí, aprendiendo a no quererte. Haciendo de lo antinatural una rutina que me salve. Rescatando para mí todas las sonrisas que a veces todavía te buscan.

Para siempre feliz

para-siempre-felizEs sorprendente e incluso inquietante cómo la primera vez que te vi eras sólo alguien y cómo ahora lo eres todo. Y créeme, no es nada fácil dejarlo todo atrás. Créeme cuando te digo que ni siquiera sé cómo voy a hacerlo. Supongo que ese día, el día en que leas esto, me limitaré a hacer lo que llevo haciendo los últimos siete años. Pondré un pie detrás de otro y esperaré que, esta vez sí, el camino me llevé lejos de ti en todos los sentidos. Lejos de mi reflejo en tus ojos color miel. Lejos del temblor que me sacude cada vez que me tocas. Lejos de saberte compartido, a pesar de que en todo este tiempo siempre me hayas hecho sentir única.

Cuando llegue el día de cerrar por fin nuestra puerta, tranquilo, que no haré ruido. Tuve el mejor maestro durante aquellas largas noches que empezaban siendo de dos y terminaban siendo de una sola, ¿recuerdas? Me iré sin ruido, sin dramas, sin despedidas. Me iré sin obligarte a decir “quédate”. Y sí, sé que moriré una última vez la última vez que fabriquemos amor en nuestra cama. Y no, sé que esta vez no podré confiar en volver a verte para resucitar. No te diré adiós y no te quedará mi amor porque, lo sé, él querrá venirse conmigo. Pero, ¿sabes que es lo mejor? Que ya no tendrás que ser más el cobarde ni el indeciso. Tú no tendrás que ser más el malo ni yo la otra. No volveremos a vestirnos con esos pesados trajes que hacíamos desaparecer con sólo mirarnos.

Ahora la cobarde soy yo. No me arriesgo a que me dejes marchar, así que me marcharé sin avisar. Por favor, no me guardes rencor, tú tampoco me advertiste de que me ibas a robar el corazón como lo hiciste, salvaje y premeditadamente. No tuve defensa y lo sabes. Ahora, espero que comprendas que, después de todo, ya no puedo permitirme seguir quemándome en la hoguera cada vez que cruza mi mente la sombra de la duda e imagino que no es cierto que mi piel sea la única que erizas con tus besos.

No te dejo mi amor pero te dejo nuestro sueño, las sábanas deshechas y la huella de mis dedos en tu carne. Te dejo toda mi lencería blanca, pero me llevo tu camisa, la que menos usabas, la que a veces no te dabas cuenta de que faltaba de tu cajón. Te juro que no era cosa mía llevármela, siempre era tu olor el que quería venirse conmigo. A él le debes que siguiera siendo tuya cada vez que los fantasmas acechaban y me susurraban miedo al oído. Miedo a perderte, miedo a perderme. A no comprenderme, a no perdonarme.

Y es así, mientras sobrevuele las nubes de nuestra ciudad y tú estés durmiendo sólo o con ella -ya dará igual-, sé que pensaré en ti cantando en el coche. En ti sumergiéndome en puro amor. En ti elevándome a un cielo que no sé si volveré a alcanzar. En ti y en que yo lo hubiera dado todo porque todos tus pijamas estuviesen en mi cajón. En ti y en que me estaré yendo porque si hubiera decidido quedarme, hubiese sido para siempre.

Pero, una vez más, tranquilo, para entonces ese “para siempre” ya no será nuestro, sólo mío. Y pelearé por él, sé que lo haré. Pelearé por ser, aun sin ti, para siempre feliz.