Parte y todo

11801903_10153059861918543_804226704_nPodría explicarte lo que se siente estando sola pero sin estarlo. Contarte cómo luché contra la decepción a base de consagrar pequeñísimos momentos. Podría alardear de cómo aguanté lo inaguantable y gritarte que si lo hice, fue sólo porque yo contigo lo quería todo.

Todo, todo, todo, todo. Cada vez que Leiva me lo cantaba al oído, yo asentía embobada. Era una palabra, cuatro letras, pero significaba mucho más que cualquier cosa que pudiera decirte y, por supuesto, significaba mucho más que tus silencios asesinos, que me apagaban la luz y me desteñían las pupilas. Pero no sabes cómo ni cuánto.

Podría intentarlo, hablarte de todo aquello que yo viví mientras tú, al otro lado de tu coraza de cristal, seguías poniendo al pasado como excusa para dolerme sin que, aparentemente, estuvieses haciendo nada para herirme. Pero dolía, vaya sí dolía. Y me heriste, claro que me heriste.

¿Lo peor? Que durante mucho tiempo las heridas no me importaron tanto como tú, y yo, todavía menos. Me importaba más mirar y verte, tener tu sonrisa de vuelta, un atisbo de algo parecido al amor en una de tus caricias preparadas… Pero sobre todo, me importaba demostrarte que podías quererme, podíamos ser felices, podías dejar de tener miedo aunque yo lo tuviera a cada paso. Sólo tenías que verme como yo te veía. Sólo tenía que esperar un poco, sólo un poco más…

Y así viví, desesperándome y fijándome sólo en las partes. Rehuyendo mirar el todo porque, de haberlo hecho, tendría que haber borrado para siempre esa canción de Pereza. Así vivía, encendiendo luces donde en tu alma estaba oscuro. Aceptando las normas no escritas de nuestro medio “nosotros”. Recelando de tu imagen, que parecía ir a esfumarse cada vez que me daba la vuelta.

Al final, la que me esfumé fui yo. Fue una huida hacia delante que, sinceramente, todavía me mantiene un poco más atrás de lo que me gustaría. Los recuerdos están frescos tanto tiempo después, y si me acerco mucho a ellos, me manchan de rabia y pena. Pensar en todo lo que teníamos me recuerda a la nada, así que he cambiado de banda sonora y ahora es Adele quien me canta cuando el pasado aprieta.

Y ya ves, que aun con todo y después de nada, no me importa seguir dándote más respuestas de las que me debes. Ya no me culpo por quererte aunque sueñe con dejar de hacerlo. Ya no soy culpable de nada de lo que hiciste o no hiciste, ni de todo lo que pensaste y no hablaste.

Porque el enigma, ahora lo sé, no fue nuestro amor, sino tú. Te ocultaste desde la primera vez que te besé y hasta la última vez que nos vimos. ¿Te acuerdas? La música estaba alta, menos mal, así no tuviste que decir nada ni yo tuve que enfadarme porque no lo hicieras. Cuando me iba, me contaron que algo distinto encendió tus ojos al reconocer mi cara entre otras caras que nunca hablaron de ti, nunca suspiraron por ti, nunca se mojaron por ti. ¿Te dijeron a ti que tu olor me revolvió la vida cuando me acerqué a saludar? 

Imposible saberlo. Imposible averiguar qué sentiste y cómo lo hiciste. Qué era verdadero y qué impostado en todo el tiempo que gastamos juntos. Imposible estar en paz buscando respuestas a preguntas que no hice.

Mejor refugiarme en lo que sí sé. Que quererte me apartó de mí y todavía me estoy buscando (pero que el que busca, encuentra). Que olvidarte no me suena a quimera cuando recuerdo que, a pesar de todo, tú sólo eres fuiste una parte de mi todo.

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Amor suspensivo

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Siempre nos costaron los finales cerrados, esa es la verdad. Por más que lo intentamos, desde aquella primera oportunidad cada punto y aparte que tocaba poner se nos ha escapado entre los dedos. Y así hemos vivido, uniéndolos todos en grupos de tres en tres, tirando de “continuarás” y abrazando la incerteza a regañadientes.

Lo sé. Sé que te hubiera gustado que todo fuera más fácil, quererme y ya está. Verme y no ver a nadie más. Yo en primer plano y lo demás desenfocado. A ti te hubiera gustado, y a mí… bueno, a mí me hubiera ahorrado unas cuantas noches sin respirar.

No sé si tú has tenido alguna de esas. Corrijo. No sé si has tenido alguna vez una de esas noches por mí. No me gustaría, te lo prometo. Me angustia sólo pensar en poder haberte causado un dolor tan absurdo e importante como el que tú (o tus dudas, o ese “nuestro” que siempre estuvo salpicado por lo “vuestro”) me causaste. Y aun así, te he tenido y me has faltado tanto en todo este tiempo, que mentiría si te dijera que provocarte sentimientos ya no me importa.

Me importa. Aunque ahora ya sólo nos quede el tibio cariño, los recuerdos ardientes, la fría serenidad de cuando la tormenta ya pasó. Me importa incluso aunque lo único que realmente nos queda es fingir que sólo nos queda eso.

Te protegí. No sé si lo sabes pero es lo que hacía todo el tiempo. Protegerte de ti mismo, ahorrarte sinsabores, tragarme las lágrimas y demostrarte que, sin ellas, tú jamás podrías ser el malo de nuestra película. Sin pruebas no hay delito, dicen. Pero es que aunque te las ocultara, aunque luchara contra cada punzada de celos, aunque fingiera que yo me importaba más que tú, las pruebas de que te quise con todo mi cuerpo y mi mente son, para bien o para mal, imborrables.

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Están ahí, en ese parque con vistas a Madrid en el que nos dimos nuestro beso más salado bajo la luz naranja de una farola triste (no tan triste como tú aquel día). Están en cada nota de “Always”, en cada susurro de Andrés Suárez, en cada “Pero a tu lado”. En el recuerdo invisible de aquel “te quiero” transoceánico. En una ciudad del norte que empieza por “S”. En mi propio cuerpo, ese sobre el que una vez, tan sólo una, derramaste puro amor sin dudas.

Están fuera y están dentro. Las pruebas más evidentes las tengo aquí en el pecho. La prueba más evidente soy yo. He cambiado. ¿Para mejor? Para estar bien. Cuando sientes que el dolor te devora de dentro afuera, rápidamente lento, no te queda otra opción que cerrar puertas. Por eso me tocó separar uno a uno todos nuestros puntos suspensivos e ingeniármelas para enterrar, que no olvidar, que un día hace poco, tan poco que no me lo creo, estábamos robándonos besos en un ascensor. Para no pensar en que, si giro la cabeza, todavía te veo desafinando en mi coche. Y tampoco en que el tiempo es injusto y el destino más.

Porque, ¿qué hubiera pasado si tú y yo…? ¿En otro lugar? ¿En otras circunstancias? ¿Existen los momentos equivocados o somos las personas las que metemos la pata y arruinamos los momentos? No lo sé, de verdad que no lo sé. Pero yo, si en algo me equivoqué, fue en no decirte que el amor me ametralló mucho antes de que te lo confesara. Y en callarme tanto. Y en pensar que qué tenía ella que yo no, que qué me faltaba a mí para que dieras un golpe en la mesa y lo mandaras todo a la mierda. Y a ella, también.

Me equivocaba (o no) cada vez que te ayudaba a cerrar otro círculo vicioso. Pero, lo juro, por más veces que lo ensayara frente al espejo, me era físicamente imposible decirte que no. Por más que el dolor se me revolviera en la pena, no podía. Es que no podía.

Pero, sobre todo, me equivoqué al creer que el amor más verdadero es el que más duele y ahora, enmiendo todo ese dolor malgastado convenciéndome de que no lo malgasté. Y de que no me arrepiento de habértelo dado todo aunque tú sólo me dieras una parte. Porque ahora sé, tanto como supe que se me había roto algo cuando te vi irte con ella aquel día, que los mejores amores nunca son suspensivos. Que después de ti -ya me está esperando- viene un perfecto punto y seguido.

Rescatando sonrisas

rescatando-sonrisasEn la vida existen personas que están predestinadas. “Pre”, porque la decisión de que sus caminos se crucen fue tomada antes de que todo empezara. Nosotros estábamos predestinados, eso lo supe pronto, pero no estamos hechos para estar juntos, eso lo sé ahora. Puede parecer contradictorio, pero no lo es. Nos cruzamos para aprender pero, sobre todo, nos cruzamos para ser felices, aunque la felicidad nos durara un suspiro. Pero fue un suspiro, el nuestro, que bien merecería toda una vida respirando de un aire viciado.

Llegaste a mi vida como una ráfaga silenciosa. No sé si reconocí tu tacto al instante, fue todo rápido y lento al mismo tiempo, y cuando quise darme cuenta, tus “buenos días” y “buenas noches” ya me habían tomado la medida. Ya no quería renunciar a vivir sin esa sensación de cálido fuego que traía consigo cada uno de tus intentos por rescatarme una sonrisa. Se hubieran perdido tantas sin ti… Las cogiste al vuelo, una a una, y las pusiste a salvo en tu corazón. Me pregunto si todavía siguen allí.

Te quería. Te quie… Bueno, lo importante es que entonces te quería. Lo supe la primera vez que me sentí libre pensando en ti. Y eso que si alguien me hubiera preguntado antes de conocerte si yo me consideraba una mujer libre, le hubiera dicho que sí. Casada, con una hija, pero libre, sí. Libre para decidir, para hacer y deshacer, libre para… ¿Libre? Resulta que la libertad la encontré en mi hogar, que resultó no ser mi casa, en mi ciudad. Mi hogar estaba a cientos de quilómetros de mi posición. Mi hogar era yo, contigo.

Y fue así como ignoré a la culpa, como esquivé al dolor y como me arrojé sin remordimientos a una dimensión paralela en la que todo era fácil. Todo estaba bien. Mi amor desalojó de una patada a la razón y en su sitio escribió un “Carpe Diem” más grande que cualquier “pero”. Aprovechamos cada rayo de sol y de luna, cada momento lejos de todo. Fuimos auténticos y fuimos fuego. Eddie Vedder nos cantó al oído y nos acompasó el tiempo con su guitarra. Y con su banda sonora, fuimos un alma y, a veces, dos cuerpos.

Pero las estaciones volaron y ya no pudimos seguir deteniendo el tiempo. Ya no volvimos a ser los mismos. Mi otra casa, la que tenía paredes y felpudo, me esperaba. Lo nuestro, que nunca tuvo ni muros, ni tejado, ni suelo, siguió existiendo y, contra todo pronóstico, se hizo todavía más sólido e intangible. Volvió tu mantra de los buenos días, de las buenas noches, de los felices cumpleaños. Era hipnótico y me rescataba de todo y de todos.

Por aquel entonces yo ya imaginaba mi amor como una planta descontrolada que había devorado su propio tiesto, y sin tiesto, mis raíces eran libres para echar a andar. Lo hice. Te seguí y no me equivoqué, aunque tus dos pasos atrás me secaran un trozo de corazón. El resto seguía intacto, por eso fue fácil, hasta natural, seguir reencontrándonos en cada bucle, en cada espiral de nuestra retorcida historia.

Confieso que a veces creí que las curvas entre nosotros nunca acabarían, y confieso también que no era una idea feliz ni tampoco triste. Pero hasta lo retorcido tiene un final, y el nuestro es este instante. No el de aquella última noche, ni el de las mil preguntas que te hice sin que ninguna de tus respuestas me valiese, no el del abrazo eterno en la estación después de leer tu carta de “sí, pero no”.

El final soy yo, aquí, aprendiendo a no quererte. Haciendo de lo antinatural una rutina que me salve. Rescatando para mí todas las sonrisas que a veces todavía te buscan.