Mi pequeña grande

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¿Sabes esa sensación de cuando no puedes parar de reír y las mejillas se te estiran de manera casi imposible, y las mandíbulas te pesan y la barriga te arde? Sí, la conoces. Lo sé porque te he visto disfrutarla. ¡Lo sé porque tú me la enseñaste!

A tu lado casi siempre acaba doliéndome la cara (y no, amiga mía, no de ser tan guapa por mucho que tú me lo cantes). Y es que… ¿te cuento un secreto? Estar contigo es el mejor sitio que conozco. A nosotras los planes nos resultan secundarios. Si hay playa, bien, si hay música, mejor. Si estamos juntas, perfección. Cachimba + cerveza. Ese es nuestro caballo ganador, pero en realidad, ganar lo que se dice ganar, ganamos cuando nos miramos y, así sin voz, simplemente hablamos. Teletransportamos pensamientos de tu frente a la mía y cada sonrisa es un piloto rojo de “lo he pillado”.

Cuatro años, pequeña. Cuatro años ya. Y es ahora no cuando más falta me haces, sino cuando más me doy cuenta. Tus llamadas, tus locuras, tu fiel complicidad me alumbran. Esas noches en vela tras días infinitos en las que siempre acabamos llorando pero que, en realidad, sabemos que no terminan hasta que nos reímos de todo y de todos.  Todo eso se ha hecho imprescindible, imborrable. Irrenunciable.

Imposible de disimular. Se me ve el plumero, dicen. Eres mi preferida, comentan. Pero lo que no saben es que eres como mi yo pasada. Te miro y me veo, enfrentándote a los mismos retos, con las mismas ideas desordenadas y el mismo corazón inquieto.

Y entonces me muero por ayudarte, por indicarte el camino, por evitarte el chaparrón. Por ser tu señal de neón o tu mejor chubasquero. Y sé que no puedo, que no debería aunque pudiera. Que te tienes que equivocar tanto como yo lo hice (y lo seguiré haciendo), y que en cada escalón, sea hacia arriba como hacia abajo, me tendrás a tu lado, eso seguro. Y en cada borrachera, también.

Que voy a seguir dándote consejos aunque, afortunadamente, siempre acabes haciendo lo que te dé la gana. Y hazlo, por favor, hazlo toda tu vida. No dejes que nadie, ni la mejor de las amigas, ni la persona a la que más quieras, silencie esa voz que te dirá lo que quieres hacer, o mejor dicho, lo que necesitas hacer en los momentos de duda y desconcierto. Puede que no siempre te resulte fácil escucharla, pero afina el oído (y el instinto) y aparecerá entre todo el ruido. ¿La oyes?

No siempre te dirá cosas fáciles esa voz, de hecho, a veces querrás insultarla cuando te des cuenta de que te ha abocado a una decisión de “catastróficas” consecuencias, pero pase lo que pase, al final de cada etapa, sabrás que seguiste tu camino, no el de nadie más. Habrás aprendido de la vida y podrás volver a empezar en el instante en que te lo propongas.

Y tranquila, que si la gasolina escasea o el motor falla, aquí encontrarás el mejor combustible en un abrazo de fin de semana, una carcajada justo a tiempo o un consejo prescindible.

Todo para que recuerdes quién eres. Mi amiga, mi pequeña grande. Mi preferida.

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Medias manzanas

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Dicen que la familia se elige y los amigos se escogen, pero yo creo que no, que las amistades también son cosa del destino, de la suerte o como se quiera llamar. De que dos caminos se crucen y que en ese pasar por la vida decidas pararte a mirar a un extraño. Y que veas en sus ojos algo muy tuyo y algo muy ajeno al mismo tiempo. 

Yo no recuerdo cuando te conocí. Es decir, sí, claro, sé que nos hicimos amigas en el instituto, pero lo que digo es que no tengo ni idea de en qué momento lo supe todo de ti, o al menos lo suficiente para saber que te retuerces el pelo cuando estás delante del chico que te gusta, que te mueres por los pepinillos de la hamburguesa del Happy Meal y que has querido quemarle la casa a cada chico que me ha roto el corazón.

En realidad, sé mucho más que eso. Sé que un concierto contigo es triplemente divertido, que no emborracharnos juntas puede ser algo eufórico, atípico, hipnótico. Que con nuestras conversaciones se podría debería hacer un libro (de autoayuda), y que perdernos la una a la otra ni siquiera es una opción.

Son bastantes cosas las que sé de ti, no todas, claro. Probablemente, ese momento no ha llegado ni llegará, por eso no lo recuerdo. Pero eso, amiga mía, es lo mágico de la amistad. No comprenderte siempre, saber que no me ofendes cuando te guardas un secreto, y que tus verdades no quieren ser ofensas. Ser consciente de que no siempre podremos estar tan cerca y, aún así, estar segura de que “lejos” nunca cabrá en nuestro vocabulario.

Porque verte crecer ha sido un privilegio, crecer contigo, un milagro hermoso. Y así como yo nunca te elegí, ni tú a mí tampoco, será un placer seguir no eligiéndote hasta que seamos dos ancianas celebrando sus bodas de oro rodeadas de nietas o haciendo calceta rodeadas de gatos.

Sea como sea, pero juntas. Siamesas. Hermanas de pega. Atrayentes polos opuestos. Medias manzanas. Tú y yo.